La poesía está en la libertad

Es sabido que, entre todas las artes existentes, nuestro autor en estudio, Don Miguel de Unamuno tenía cierta predilección por las artes visuales. Por ello, el texto que evocaré en las siguientes líneas corresponde a “Pintura, poesía, teología” texto en el cual se logra ver la religiosidad del escritor y del culto que realiza hacia el cuadro de Velázquez donde podemos apreciar a un Cristo crucificado y sangrante.

 

“El Cristo de Velázquez” es una obra de arte pictórica que Unamuno escoge para llevar a cabo su meditación cristológica, pues de cierta se identifica o le gustaría identificarse con él, quizá esta imagen le entregaba una especie de modelo que añoraba seguir, quizá lograba entrever la superación del dualismo entre lo humano y lo divino, asunto que jamás vio en los estudios teológicos. Don Miguel vio en el cuadro de Velázquez “la expresión más auténtica del cristianismo del genio hispánico”[1] , pues en él se desarrollan y mezclan la inmortalidad del alma, la existencia de Dios y divinidad de Cristo, definiendo así el pensamiento trinitario de Unamuno.

 

Creo así entonces, que nuestro Miguel escogió esta obra porque en ella Cristo se ve sereno, calmado y en profundo clamor hacia el cielo, a su padre, quien por supuesto lo acoge después de haberse entregado en obediencia por amor a la humanidad. En ese escenario frente a lo corpóreo de Cristo, se observa su padecimiento máximo y trasciendo el cuerpo gracias a la posterior resurrección.

 

Desde aquella admiración, Unamuno llega a sentir un sobrecogimiento y a pesar de explorar muchas formas de relatarlo, escoge la poesía como móvil para dejar huella de su pensamiento y de su propio ser. Anclando su atención en la metafísica, teología y por supuesto la poesía, las cuales “suman realidad y símbolo, ser y pensar”[2], para así intentar entrar en la verdad de la realidad y la verdad, por qué no, del hombre.

 

Don Miguel de Unamuno, utiliza la poesía como una vía para gestar su voz interior, de manera que “El Cristo de Velázquez” es su obra cumbre en la evolución de su poética, trabajando en ella temas como “finalidad humana del universo, la perduración personal del hombre, la acción redentora de Dios a resurrección y recapitulación de todos los seres en Cristo”[3].

 

Nuestro autor aprende de si mismo y de lo que debe hacer con su vida al escribir “El Cristo de Velázquez”, así comprende la grandeza del hombre, se supera como persona y deja de lado el individualismo, se entrega por completo en su obra, como manera de legarse al prójimo. Pues, a mi parecer, entregándose por completo en su poesía, puede lograr descubrir qué es y quién es Cristo, para finalmente entender quién es Dios para el hombre y quién es el hombre para Dios.

 

Dios es puesto su lugar debido por Unamuno, “Dios es Dios de nuestra salvación antes que Dios del mundo” [4]. En “El cristo de Velázquez” Don Miguel encuentra a su Dios, un Dios creador, revelador y redentor. Al escribir esas líneas, Unamuno descubre que la divinidad de Dios es magisterio y su libertad redime la nuestra cuando Cristo se entrega en profunda obediencia al padre y en amor al pecador. Así ve cómo es Dios y a su vez al leerlo a él en su cristología, nos deja admirar cómo podemos ser nosotros y qué será de nosotros gracias a esa libertad concedida. La poesía entonces está en la libertad.

 

En esta línea tal como señalaba J. Ruiz de la Peña en “El don de Dios: antropología teológica especial”[5], la libertad del ser humano se basa en la plena comunión y comunicación con Dios, aceptar sus mandamientos y obedecer sus deseos de cómo vivir nuestras vidas, aceptando así la gracia concedida por él al perdonar nuestros pecados. Dios vence las tinieblas y la muerte, ya que su propia muerte “es comprendida como victoria y como engendramiento”[6]. Unamuno comenta que Jesús toma por esposa a la humanidad y así nace una nueva vida libre de condiciones mortales, pues los que hacemos su voluntad y aceptamos haber nacido del árbol de la gracia ya no estamos bajo el yugo de la muerte del pecado.

 

Don Miguel en esta búsqueda por encontrar respuestas, en la búsqueda de su libertad plena en la poesía en pro de descubrir los misterios de Dios y las preguntas fundamentales de la humanidad, atravesó un proceso importante, en el cual pasó de exponerse al Cristo de Velázquez como un destinatario de su oración y suplica, para luego verlo y pararse ante él haciendo únicamente una meditación sobre sí mismo, para hablar delante de él y tenerlo por testigo; para finalmente sentirlo como una presencia más distante, para hablar sobre Cristo en sus meditaciones, para hacer un ejercicio meditativo y reflexivo teórico.

 

Entonces nuestro querido Unamuno, en su poesía, en su búsqueda por la libertad, utiliza el lenguaje a su favor y se da cuenta de la importancia de la palabra en la oración, la cual es nuestra única vía para conversar con Dios, y en su cristología ocupa la palabra para hablar sobre Cristo, cómo murió por nosotros y presentando nuestra existencia, al propio Cristo.

 

Así entonces, podemos ver como en la obra de Unamuno basada en la de Velázquez, se genera un “humano de la fe personal”[7], allí se reúnen sus identidades más profundas sin que ambos sean iguales. Don Miguel en su afán por referirse a lo pictórico del cuadro, termina refiriéndose a la trascendencia que ella le genera, se olvida del pintor detrás de la obra y “se encuentra emplazado ante el Jesús que predica y muere abandonado en la cruz” [8].

 

Por esto Unamuno extiende su obra en un largo monologo, en donde se puede percibir su temor, un temor que le indica que si no deja de hablar puede morir en un tormentoso silencio que le haga permanecer en la nada. Sabe que Cristo guarda un eterno y piadoso silencio, para oír sus -nuestras- suplicas, pues somos seres que creemos, esperamos y por sobre todo amamos.

 

Gracias al amor de Cristo, somos capaces de amar, él nos impulsa a buscarle, de él precede todo lo que somos. No hay nada peor para nuestra especie que sentir la soledad ante Dios, por eso llorar y entregarnos frente a Dios es la primera exigencia del don de la fe, debemos llorar a solas en intimidad con él y también frente a nuestros hermanos en la fe. Sin embargo, Unamuno prefirió hacer la de oración una instancia de petición y monologo eterno, dejándonos entrever, por su oración, que su Dios solo existió para él en función de su muerte.

[1] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 109.

[2] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 117.

[3] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 121.

[4] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 132.

[5] Ruiz de la Peña, J. (1991) “El don de Dios: antropología teológica especial”. I parte. “El pecado original” pp. 147-155. Colección presencia teológica. Editorial Sal Terrae: Santander.

[6] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 157.

[7] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 175.

[8] De Cardedal, O. (1996). “Cuatro poetas desde la otra ladera: Unamuno, Jean Paul, Machado, Oscar Wilde: prolegómenos para una cristología. Editorial Trotta. p. 176.

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